Opinión


Por: Álvaro Venegas Sánchez

De tortugos a "ayotzinapos"


Fecha Publicacion:  lunes, 14 de febrero de 2022 - 03:10:00 -- Fecha Actualizacion lunes, 14 de febrero de 2022 - 02:59:25

-Primera parte-

(Justo hace 21 años, del 15 al 19 de febrero del 2001, escribí y publiqué en las páginas de Diario 21 este artículo que ahora reproduzco. Mi propósito no es defender y menos sumarme a la condena de actos recientes protagonizados por estudiantes normalistas; pretendo solamente y nada más testimoniar que, sobre el problema, ha habido indiferencia e hipocresía para buscar alternativas pertinentes que evitaran arribar a escenarios deplorables). La segunda parte el próximo lunes.

Allí, en la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, cursé la Secundaria entre 1962 y 1965 y la educación Normal en 1966-1968. Fueron seis años consecutivos. Eran tiempos que la escuela ya tenía el sistema de internado empezando las clases a las seis de la mañana con derecho a salir los días miércoles de las 15 a las 22 horas y los sábados, después de algunas actividades de agricultura, los talleres y realizar aseo general hasta las 22 horas del domingo. 

La vida interna para algunos alumnos tal vez era difícil en razón de las comodidades a las que posiblemente estaban acostumbrados en su lugar de origen; no así para aquellos que procedían de familias de campesinos pobres para los cuales las condiciones de vida en la Normal, si bien no eran las de un paraíso sí representaban beneficios y ventajas; comer tres veces al día, aunque sólo de vez en cuando consumir alguna fruta de temporada; imagínese además cenar lo mismo durante seis años: una telera, atole, dos tortillas con frijoles refritos acompañados de queso molido y chiles verdes o en vinagre; dormir en cama individual o literas, derecho a uniforme caqui incluyendo botas, lavado de seis piezas de ropa cada semana y apoyo económico de veinte o 25 pesos mensuales (el PRE), dependiendo si el mes traía cuatro o cinco fines de semana. Todo esto, siendo insuficiente, era un lujo para estudiantes provenientes de familias de escasos recursos. Fue mi caso. 

¿Cuál era la obligación y responsabilidad de los alumnos? Cumplir las normas, normas inclusive impulsadas por la propia comunidad estudiantil para cuidar la imagen de la Institución y sobre todo estudiar; reprobar una materia implicaba quedar fuera, perder la beca; no había espacio para alumnos irregulares. ¿Había problemas? Siempre ha habido. Desde los naturales que se generan por la convivencia hasta los de orden político. Mi generación recuerda la primera huelga en la que participamos. Estalló con el fin de exigir la salida de maestros faltistas unos y otros por ineficiencia y simulación de cumplir su trabajo. En contraparte, cómo olvidar a los maestros exigentes pero cuya capacidad y calidad humana infundían respeto. Para no cometer una injusticia evito mencionarlos, sin embargo, el profesor Javier Santos Carballo, era uno de ellos. 

No había alcoholismo; esto no quiere decir absolutamente nadie ingería bebidas embriagantes. Las excepciones ocurrían con discreción para no exponerse a llamados de atención de los dirigentes de la Sociedad de Alumnos o peor aún si fueran sorprendidos por autoridades del plantel. Consumo de otro tipo de enervantes no existía y la imagen social que proyectábamos, considero, era distinta. Los movimientos sociales y estudiantiles de los años 60, tenían otra característica. La participación democrática construida a través del debate, también fue parte de la formación estudiantil. Lucio Cabañas Barrientos, egresó en junio de 1963; o sea, mi generación tuvo la fortuna de conocerlo y tratarlo como compañero un año escolar, aprender de su modestia y abrevar de su oratoria. Lucio, el compañero de ideales firmes y honesto, difícilmente avalaría formas de protestar que causan repudio social. 

Al egresar e ir al encuentro de la realidad en las comunidades de hace más de 30 años (más de 50 ahora en 2022), era lógico añorar las vivencias y el ambiente de la Normal que nos vio crecer. Por lo mismo ante casuales encuentros con exalumnos de cualquier generación, común es identificarnos llamándonos “tortugos”, término relacionado con el significado del nombre del lugar, Ayotzinapa, pero en el fondo expresión de orgullo porque a la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos” debemos la oportunidad de haber llegado a ser maestros. 

Por tal razón, lo que hoy se dice de la escuela y la percepción que se tiene de sus estudiantes, no puede alegrarnos. Nos lastiman la opinión y las denuncias en contra porque degradan la imagen; y lastiman no porque hablen de anomalías, al fin y al cabo, podrían ser pagadas o intencionales por algún interés. Duelen porque no son invento ni exageración. Pocos sabían qué ocurría al interior, desafortunadamente ahora, las situaciones trascienden, son del conocimiento público y provocan rechazo de sectores de la sociedad por acciones de los normalistas en Chilpancingo que culminaron en esta ocasión ocupando las oficinas centrales de la SEG.

Sin embargo, más allá del daño moral y político que pueda afectar a los estudiantes, preocupa el clamor que, ante sus actos, se escuche el clamor de cerrar la escuela a que pertenecen. En esto debe reflexionarse, ¿por qué hacer pagar a otras generaciones, faltas que cometen quienes ahora allí estudian? ¿Qué culpa tendrán los estudiantes de escasos recursos que van a terminar Secundaria o Bachillerato mañana o pasado, y luego no tengan oportunidad de concursar para un espacio como el que ofrece la Normal de Ayotzinapa? Los actuales alumnos podrían, al egresar, presumir el mérito de haber noqueado, en su tiempo, a las autoridades educativas y al gobierno; pero cargarían con el estigma social de ser conflictivos, deficientes, vandálicos, ayotzinapos, ayotzicacos, delincuentes en potencia; peyorativos que los que ingresen tendrían la tarea de desmentir. Continuará…

Iguala, Gro., 14 de febrero del 2022.

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