Edicion : a martes, 10 de diciembre de 2019 Edicion Actual

Opinión


Por : Álvaro Venegas Sánchez 

"Si me permiten hablar". Grito-Testimonio


Publicada:  19 noviembre, 2019 -- Actualizada: 19 noviembre, 2019

-Gobernar es siempre y antes que nada pensar en el sufrimiento ajeno y ejercer la voluntad de aliviarlo-. José Mujica, ex presidente de Uruguay.

 Bolivia, considerada la nación más pobre de Sudamérica, con apenas alrededor de 11 millones de habitantes, es quien registra el mayor número de golpes de estado en Latinoamérica. Entre 2001 y 2005 tuvo cinco presidentes. Evo Morales, propuesto por el Movimiento al Socialismo (MAS), ganó la presidencia con 54 por ciento de los votos y tomó posesión del cargo el 22 de enero del 2006. En 13 años de gobierno, los periodos son de cuatro, redujo la pobreza casi a la mitad, pasando de 60 a 34 por ciento con base en cálculos nada menos que del Banco Mundial; y, según el Fondo Monetario Internacional(FMI), tuvo un crecimiento promedio del PIB de 4.9 por ciento del 2006 al año pasado, mereciendo que el organismo lo bautizara como el “milagro económico boliviano”.

Arribó con la promesa de emprender la refundación indígena de su patria. Durante el primer año de su gobierno nacionalizó los hidrocarburos, redistribuyó los ingresos procedentes de la explotación del gas natural e implementó importantes políticas sociales; igual sorprendió al expulsar a las empresas extranjeras que actuaron para corromper al Estado y a la oficina antidrogas de Estados Unidos (DEA), emprendiendo por su cuenta el combate a la cocaína. Otro mérito, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), reconoció a Bolivia como país libre de analfabetismo. Para vergüenza de países como México donde el número de analfabetas no disminuye a pesar de destinar recursos cada año para campañas, programas y organismos como INEA e IEJAG y presumir que la educación, por ley, es obligatoria, gratuita y etcétera, desde prescolar. El éxito de sus políticas, dice ahora Evo en condición de exilio, lo reconocen; empero, a sus enemigos racistas “no les gusta que un indio, sin formación académica, sólo porque es honesto, porque nadie me puede acusar de corrupto, sea quien lo haga”.

A mediados de los años noventa formé parte de la brigada del SNTE para promover el congreso de la Confederación de Educadores Americanos (CEA). La agenda contempló Bolivia, Paraguay y Perú. Al conocer, al menos las capitales de estos lugares y la situación precaria de los dirigentes magisteriales, sentí una especie de privilegio haber nacido y vivir en México. Pobreza, inseguridad, conflicto social, se percibían. Aquí, teníamos ya problemas hace 25 años, pero la inseguridad no era del tamaño actual. Por esos días en Asunción, Paraguay, fuerte presión del movimiento campesino; en La Paz, Bolivia, anuncio de movilización de la poderosa Central Obrera Boliviana (COB); en Lima, para evitar riesgos debido a la inseguridad nos recomendaron no salir del hotel. En tanto, el dirigente nacional del magisterio escondiéndose; sin interlocución con las autoridades y acusado por el presidente Fujimori de pertenecer al grupo Sendero Luminoso.

Llegué al país andino recordando la muerte del Che Guevara y la lectura del libro que allá por los años 80 recomendaba a mis alumnos de la Prepa 10 de la UAGro como parte de la narrativa hispanoamericana: “SI ME PERMITEN HABLAR…” testimonio de Domitila, una mujer de los Andes, esposa de un trabajador minero, luchadora social integrante del Comité de Amas de Casa de la mina Siglo XXI.  Invitada circunstancialmente por la ONU, asistió, participó y desentonó al interpelar temas como feminismo y diversidad sexual, que le parecieron triviales en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer, organizado aquí en México en 1975. El texto fue escrito gracias al apoyo de Moema Viezzer, educadora y periodista brasileña. No lograron silenciarla. Delegadas y representantes de gobiernos, tuvieron que escuchar relatos de la vida de opresión, miseria y represión de los mineros y en general de los bolivianos. Rechazó que la Tribuna sirviera solamente para hablar de la igualdad de las mujeres respecto de los hombres porque ni siquiera “hay igualdad social entre las mujeres”.

Del mismo libro tenía presente la contrariedad de Domitila, porque registra un recuerdo: “la madrugada del 24 de junio, sin tener contacto ni conocimiento real de existencia de guerrilleros en las montañas, el ejército convencido de que apoyábamos la guerrilla, nos reprimió y masacró”; a mí, dice, “me hicieron abortar a patadas en la cárcel”. También refuta al Che Guevara porque en su Diario, escribe que lo habían engañado: “a él le hicieron ver otro panorama, confió mucho en un partido político y no (procuró) contactarse con organizaciones del pueblo, las de la clase trabajadora en lucha”; (entonces) “cometió algunos errores, los que se comprometieron con él, ya no le dieron su apoyo. No es invención mía, yo no tengo mucho conocimiento de eso; pero quien quiera enterarse puede leer su Diario”.

El asunto es que, el grito de ayer de Domitila para hacerse escuchar, podría ser hoy el mismo del pueblo que están acribillando los enemigos de la democracia. Que urdieron un golpe de estado con disfraz de fraude electoral para acabar con la obra social del presidente indio Evo Morales. La solidaridad internacional debe impedirlo.

Iguala, Gro., noviembre 18 del 2019.

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